Saludos desde El Paraíso

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¿Por qué las cosas tienen nombre? ¿Por qué las personas, en un momento de lucidez decidimos que tal cosa ha de tener ese conjunto de letras que, al pronunciarse, escribirse o recordarse, reproduzcan en nuesra memoria la imagen de lo que se acaba de decir?. Por ejempo: Paraíso. ¿Qué siginifica Paraíso? ¿Qué clase de imagen reproduce nuestro cerebro al recibir el conjunto de letras que forman la palabra p-a-r-a-i-s-o? Y como a las palabras se les da siginificado por la experiencia, y la experiencia de cada uno es completamene diferene a la del otro, Paraíso podrá ser cosas tan distintas como recuerdos tengamos en nuestra memoria.




El paraíso para mi perro Trostky es una tarde de siesta sobre las rodillas de mi padre. Una maravilla perruna dificil de entender si no se le ve panza arriba roncando como un señor de los de antes. Pero seguramene la imagen de Paraíso cambiaría inmediatamente para Trostky si en lugar de las rodillas de mi padre, su descanso de la tarde se realizase sobre un cojín de la mejor lana australiana y se le arropase con sábanas de seda. Entonces Trostky se abandonaría a la vida fácil de perro millonario que bebe agua en cuenco de plata.
Y en esas se encuentra ahora una servidora. Por motivos que no vienen al caso (o quizá sí, pero no me apetece contarlos ahora) me encuentro en uno de los Paraísos más Paraísos del mundo. Estoy en St. Moritz pasando 18 días de lujo, rodeada de todos esos perros que comen Rib-eye de ternera y beben agua en cuencos de plata.
Y como observadora incansable de experiencias nuevas, me aventuro cada día a la investigación de cmapo sobre la estructura, costumbres y modo de relacionarse de esta clase social de la que normalmente sólo se sabe a través de las secciones de economía y sociedad de los periódicos y revistas más prestigiosas y serias del panorama internacional.
Y de la misma manera que los perros se husmean el trasero para averiguar cosas del que tienen enfrentre, las fortunas más grandes del mundo se huelen los apellidos, los relojes, las carteras, las Visa Platino y las operaciones de estética. Y si lo digo no es por criticar, que a mí no me gusta, es porque lo veo con estos ojitos de española miembra de la Generación Crisis.
Y bueno, aquí estoy yo. En El Paraíso (literal, por cierto). Viviendo una vida de lujo donde las cosas no tienen precio porque está feo hablar de dinero (pero un café cuesta alrededor de 8 euros) y se pagan al final con la Visa Oro. Donde los niños se relajan del stress del colegio trilingüe y las clases de esgrima en el Spa del hotel miestras sus padres se dan masajes de 500 euros y comen langosta en el restaurante 2 estrellas Michelín del complejo (por cierto, buenísima).
Y no seré yo quien les critique. Allá cada cual con su apellido y su dinero. Porque la verdad no se está tan mal aquí en las montañas, rodeada de nieve, comodidades y ricos a partes iguales. Descansando de la vida vienesa y reuniendo fuerzas para el verano ibicenco que se me presenta. Disfrutando de las vistas, el relax, y por supuesto, la compañía, pensando que el paraíso puede ser muchas cosas, situaciones o lugares. Porque aunque aquí pueda probar cada día los mejores pequeños pecados de la cocina suiza, no puedo parar de acordarme de la paella de mi padre un domingo de sol en la Valencia de mi alma. Y entonces vuelvo al principio de la historia.










Besos ricos,
Belmardeluxe (más de Luxe que nunca)

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