Las bicicletas son para el verano

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Os digo muchas veces que me he enamorado. De muchas cosas; siempre cosas. Obras de arte, gadgets electrónicos, películas, muebles, ropa... Y pensaréis que soy una persona de amor fácil, de las que lo da todo desde el principio, de las que apuesta por las relaciones desde el primer momento.
Y es verdad. Pero siempre hablando de cosas, de situaciones, de iniciativas, de manifestaciones artísticas y objetos varios. Que lo de las personas ya es otro cantar.



Pues sí. Soy de corazón fácil. Supongo que debido a mi pertenencia a esa generación perdida de hijos de madres con tarjeta de compra El Corte Inlgés. Porque siempre que veo algo nuevo y bonito, útil para mi vida presente (sin pensar si el futuro no tendré más remedio que regalarlo o tirarlo por la ventana) siento la irremediable sensación de comprarlo, de llevármelo a casa y usarlo desenfrenadamente durante un par de meses para luego olvidarlo en un rincón. Porque de la misma forma que me enamoro perdidamente, el desenamoramiento surge en mi interior cual torrente de agua clara. Sí, señores, esa soy yo.
Y ahora quiero una bicicleta. Como la de arriba. ¡Tan bonita! ¡Y tan útil para mi vida presente!
Porque ya tengo dos. Una en Viena y otra en Ibiza. Un amor en cada puerto. Como los marineros.
La que me llevé a Viena este invierno es una BH plegable que mi prima Raquel rescató de algún sitio que no recuerdo y que me regaló el verano pasado. De color rojo, con cesta incluída.

Pero como las bicicletas son para el verano, y en Ibiza tengo una pero también muchas visitas a las que prestarla, pues aquí mi nuevo capricho.
Para vivir mi particular Verano azul (en la isla blanca).
Se llaman Electrabike, y las puedes ver aquí.
Las hay en infinitos colores y diseños. De paseo, playeras, choper, clásicas e infantiles. Para todos los gustos. 
El modelo que más me gusta es el "Classic": bicicletas artesanales hechas con piezas antiguas restauradas. Como ésta. Con sillín y empuñadura de cuero. En Viena, por ejemplo, son muy populares. Me pasado todo el invierno cruzándome con ellas en casi cada esquina del centro de la ciudad. 
¡La quiero, la quiero, la quiero! 
  





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