El cine de mi barrio

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Cuando era pequeña (vease: tiempo indeterminado), solia yo pasar los dos primeros días de la semana jugando entre las butacas del único cine que seguía existiendo en el pueblo de donde vengo.
 Mi madre trabajaba allí cada lunes y martes; así que al salir del colegio tenía que caminar junto a una amiga (su madre trabajaba con la mía) unos diez minutos hasta el cine y esperar que ellas terminaran su tarea para poder irnos a casa.





Se llamaba 'Cine Chaplin' y era el último de los tres cines del pueblo que quedaba en pie. Enorme, con una sola sala de proyección. Habría durante el fin de semana y ofrecía sesión doble (película principal de estreno y una segunda menos 'nueva') a un precio razonable. Tenía un hall grande y espacioso, con una barra-bar donde se podían comprar palomitas de maíz y dulces; y lo que más me llamaba la atención: una foto gigante en blanco y negro de un señor con sombrero bombín, bastón y bigote. Siempre pensé que se trataba de algún familiar del dueño del cine, hasta que años después caí en la cuenta de que ese señor no era ningún antepasado célebre, ese señor era el señor que daba nombre al lugar.


Foto: La Vanguardia



Recuerdo que me gustaba esconderme entre las butacas de la sala, alumbrada por las luces laterales que teñían el ambiente de color amarillo. Me daba mucho miedo asomarme detras de las cortinas que cubrían la pantalla porque esa zona estaba siempre muy oscura y porque en esa misma pantalla había una puerta a la que nunca pude tener acceso. La vida tras la pantalla, qué o quién se escondería allí.



De vez en cuando nos dejaban subir a la primera planta, donde un señor con bata blanca y gafas siempre a punto de resbalársele de la nariz, nos enseñaba unas máquinas enormes que proyectaban las películas en la pantalla de la sala de abajo. Para mí era todo un misterio entender cómo algo que salía a través de una ventana tan pequeña podía verse en una pantalla tan grande, así que la mayoría de los domingos dedicaba miradas furtivas al pequeño ventanuco del fondo de la sala, desde donde se veía salir luces de colores, y me sentía poderosa sabiendo algo que los demás niños del cine no sabían.
Allí descubrí los dinosaurios de Steven Spielberg, me enamoré perdidamente de Leonardo di Caprio en 'Romeo y Julieta' (versión Baz Lurman) y lloré desconsolada cuando James Cameron lo mató en Titanic (siempre pensaré que Jack cabía en esa tabla). En fin, cosas de pre-adolescente.





El 'Cine Chaplin' ya no existe. Se quemó un día cualquiera de un año cualquiera hace ya unos cuantos. Las malas lenguas dicen que el incendio fue provocado por los mismos dueños para poder cobrar el seguro del local. El cine ya no era rentable. Demasiado grande, demasiado viejo, demasiado poco interés por parte de mis vecinos, que preferían conducir hasta los centros comerciales.


Pero eso fue hace mucho tiempo. Los cines son ahora multicines con salas en 3D que sirven nachos con queso y palomitas con mantequilla. Esos cines de sesión doble ya no existen en casi ninguna parte.
Y es por eso que os he contado esta historia tan larga. Porque yo he encontrado un cine como el 'Cine Chaplin' en Viena, en una esquina de una calle por la que paso cada día para ir a la escuela de alemán. Es pequeñito y programa películas que están fuera de los grandes circuitos (es el cine que aparece en las fotos que os he ido mostrando).


Y su historia es muy parecida a la del cine de mi barrio. El negocio no daba beneficios y se cerró, a la espera de que alguien lo quisiera alquilar o comprar para abrir una cafetería o un restaurante. Pero un grupo de jóvenes vieneses decidió abrirlo como cooperativa, restaurando el local con sus elementos originales y proyectando películas de nuevo.
Y es un ejemplo de conservación y respeto. Y me hace sonreír cada vez que paso por delante de su puerta.

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