Mitos de cine: Rita Hayworth

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La niña Margarita Carmen Cansino casi no fue al colegio porque su padre siempre pensó que era una pérdida de tiempo. Así que con 4 años empezó a bailar. Y con 14 se hizo profesional. Era pareja de baile de su padre, el señor Eduardo Cansino, al que tenía que llamar por su nombre delante del público porque todo el mundo daba por hecho que eran matrimonio. La joven Margarita no contó a nadie que su padre le pegaba y abusaba de ella hasta que se casó por segunda vez.
Era morena y alta. Y tenía esas curvas latinas que tan bien defendía en la pantalla Dolores del Río. Así que, gracias a su aspecto y a la insistencia de su padre, que no dudaba en ofrecer su cuerpo a los productores de Hollywood a cambio de algún papel para su hija, consiguió un contrato con Fox, que la explotaba como belleza racial.














Margarita, o Rita, como ya se empezaba a conocer entonces, se casó en 1937 con su protector, Edward Judson, un señor que le doblaba la edad y que estaba obsesionado con hacerle triunfar. Así que se puso manos a la obra: le cambió el color de pelo y la convirtió en pelirroja, le hizo adelgazar y le sometió a terribles tratamientos de electrosis para retroceder el nacimiento de su pelo y destacar así su frente. Y cambió su apellido por el de su madre. Y empezó a salir y sonreír a las cámaras que se interesaron por esa nueva joven americana de aspecto tan atractivo.




Y aquella niña que nunca quiso ser actriz se convirtió en un mito. Fue la diosa Gilda en el celuloide y llegó a ser tan famosa, que su imagen se pintó en el exterior del avión que lanzó la bomba nuclear sobre las islas Bikini. Los hombres le deseaban y las mujeres le imitaban, copiando sus estilismos y su forma de posar.



Pronto le llegaron nuevos pretendientes. Y así, dejándose llevar, como siempre hizo, se casó con Orson Wells, uno de los directores que la dirigió en varias ocasiones y con el tuvo una hija. Rita fue feliz hasta que no pudo soportar las infidelidades de su marido. Así que se divorció.
Se volvió a casar por tercera vez, como cualquier niña soñaba, con un príncipe. Y tuvo una niña que también fue princesa. Y como Rita nunca aprendió a jugar, no supo entender que los príncipes no siempre son azules y volvió a divorciarse.
Se casó dos veces más y viajó mucho a la España de sus raíces, donde también encontró hombres que le enamoraron.



Siguió trabajando, pero menos, porque bebía  mucho y prefería las salidas nocturnas a los rodajes. Y como su madre, enfermó de Alzheimer sin que nadie lo descubriera, pensando que todo se debía a su alcoholismo. Así que aquella estrella que derretía a los hombres con el simple gesto de quitarse un guante mientras cantaba, se fue apagando poco a poco durante 11 años, hasta que murió a los 68 en su apartamento de Manhatann.


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